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El Silencioso Genocidio de los Mbya-Guarani

(O la lucha de la cadenas alimentarias cortas contra las cadenas alimentarias largas).
Por Dr. Raúl A. Montenegro, Biólogo.
Presidente de FUNAM y Profesor Titular de Biología Evolutiva en la Universidad Nacional de Córdoba. Premio Nobel Alternativo 2004.

                                                 "No necesitan amenazarnos para que
                                                      dejemos este lugar. Saben que 
                                                    si nos sacan del monte nos vamos, 
                                                       y es eso lo que están haciendo".
                                                                               Artemio Benitez, Cacique de Tekoa Yma.
Los Mbya Guaraní son un pueblo antiguo y selvático de raíces amazónicas. En Misiones, una provincia del nordeste de Argentina, tienen 74 comunidades y una población total, aproximada, de 3.000 personas. Su cultura es tan rica como la biodiversidad de la selva Paranaense que siempre utilizaron y protegieron. En el 2003, el 73% de las comunidades entonces registradas (52) no poseía el título de propiedad de sus tierras. De algún modo el blanco, asumido como propietario y como gobernante, les achicó su territorio y su selva para expandir los cultivos y los buenos negocios de quienes se dicen "civilizados". En este trabajo no hablaremos de todas las comunidades sino de dos aldeas que resumen la lucha y la tragedia Mbya, la de saber demasiado de la selva y de la vida. Porque esto es lo absurdo. Quienes hoy ganan con sus malas leyes, sus funcionarios blancos y su insensibilidad representan la estrategia de vida que no funciona, la que depreda, y los Mbya, irónicamente, la más sostenible y exitosa, la que les permitió a ellos (y a nuestros antepasados preurbanos) vivir como cazadores, pescadores y agricultores de subsistencia. Duele saber que la mala estrategia, la de las cadenas alimentarias cortas, la misma que expande los cultivos de soja y pinos a fuerza de topadoras, triunfe hoy sobre la buena estrategia, la de cadenas alimentarias largas, que hace convivir selva y personas.
Lo que sigue es un resumen del trabajo que realizamos conjuntamente con las comunidades de Tekoa Yma y Tekoa Kapi'i Yvate (Montenegro, 2004). Fue posible gracias al invalorable apoyo del Cacique de Tekoa Yma, Artemio Benítez, del cacique de Tekoa Kapi'i Yvate, Martín Fernández, de su gente, de Kiki Ramírez, de Raquel Zoppi y de dos instituciones, ENDEPA y FUNAM.
Las comunidades de Tekoa Yma y Tekoa Kapi'i Yvate
Las comunidades Mbya Guaraní de Tekoa Yma y Tekoa Kapi’i Yvate viven dentro de la Reserva de la Biosfera de Yabotí, en terrenos que son considerados “propiedad privada” por los tenedores (Empresa "Moconá Forestal S.A." sobre Lote 8; Marta Harriet sobre Lote 7).
Conforme a los resultados de nuestro trabajo, ambas comunidades, con unas 20 familias, viven gracias a los recursos que obtienen de un mosaico de ambientes de selva Paranaense. Este territorio de aprovisionamiento de ambas comunidades se extiende sobre más de 6.500 hectáreas de superficie en los llamados "Lote 8" (casi en su totalidad, >3.960 Ha) y “Lote 7” (1.600 Ha), aunque también obtienen recursos en otros lotes próximos.
1. Las comunidades de Tekoa Yma y Tekoa Kapi'i Yvate forman parte de la Reserva de la Biosfera de Yabotí.
Los Lotes 7 y 8 son parte de los 119 Lotes que conforman la Reserva Provincial de Yabotí creada el 26 de agosto de 1993 por ley n° 3041. En 1995 la UNESCO reconoció a Yabotí como Reserva de la Biosfera. Aunque esta categorización internacional es un gran honor para el país donde se alojan las reservas, también supone un serio compromiso de conservación. Si estos no se cumplen, la reserva puede perder su "status" y ser excluida de la "World List of Biosphere Reserves". Las comunidades de Tekoa Yma y Tekoa Kapi'i Yvate viven dentro de la Reserva de la Biosfera de Yabotí.
Yabotí posee una superficie total de 253.773 Ha, en su mayor parte de propiedad privada. Comprende un Área Núcleo de 20.685 Ha, coincidente con la Reserva de Esmeralda (Ley n° 2939 de 1992), un Área de Amortiguamiento de 21.921 Ha, y un Área de Transición de 194.034 Ha. En esta última se ubica el Parque
Provincial Moconá, con más de 999 Ha de superficie, creado inicialmente por Decreto n° 1.434 el 4 de julio de 1988, y luego por Ley n° 2.854 el 27 de junio de 1991. Los graves hechos que se describen en este trabajo y que afectan a las comunidades de Tekoa Yma y Tekoa Kapi'i Yvate son un producto directo de la creciente destrucción ambiental que sufre la selva paranaense en Lote 7 y Lote 8. Esto podría comprometer la continuidad del "status" de Reserva de la Biosfera.
Es necesario asumir que peligra la biodiversidad y continuidad de la Selva Paranaense, uno de los ecosistemas más amenazados de la Tierra. De la superficie total original que ocupaban las selvas de la Mata Atlántica y Paranaense solo queda actualmente un 5%. Esta pérdida de biodiversidad y continuidad es particularmente crítica en los ambientes donde se encuentran las comunidades de Tekoa Yma y Tekoa Kapi'i Yvate. La falta de medicamentos y alimentos naturales producida por la desenfrenada extracción de árboles amenaza su salud y supervivencia. Este hecho es de inusitada gravedad no solo en términos de derechos humanos, sino también de criticidad demográfica. Las amenazas que se ciernen sobre estas dos comunidades agravan la ya crítica situación demográfica de los Mbya, cuya población total en Misiones no supera las 3.000 personas.
2. La empresa Moconá Forestal S.A. pretende arrinconar a las dos comunidades Mbya en una superficie de 200 a 350 Ha.
Según consta en distintos documentos públicos la empresa Moconá Forestal S.A. habría ofrecido entre 200 y 350 hectáreas del Lote 8, que considera de su propiedad, para que las habiten las comunidades de Tekoa Yma y Tekoa Kapi'i Yvate. Esto representa menos del 5% del territorio de aprovisionamiento que hoy utilizan ambas comunidades.
3. Las dos comunidades Mbya viven gracias a los recursos que obtienen en un territorio muy amplio.
El pretendido arrinconamiento de las dos comunidades Mbya atenta contra dos realidades innegables: (1) Que para vivir de acuerdo a sus costumbres, y como cualquier otro grupo cazador, recolector y pescador, necesitan áreas importantes de selva para abastecerse. Estas superficies, como veremos luego, no son distintas de las reconocidas en Argentina como unidad económica para explotaciones agropecuarias, y (2) Que la noción de tierra en los Mbya no se asocia al concepto europeo de propiedad privada, sino a la noción de territorio, donde permanecen por tiempos relativamente prolongados. En ese territorio usualmente extenso obtienen sus alimentos, medicinas y materiales de construcción. Cuando lo abandonan deja de ser su territorio, pero puede volver a serlo. Sus comunidades nunca necesitaron tener títulos de propiedad. En los Mbya lo que sobrevive y se transmite son su propio linaje y una rica cultura. Nunca la propiedad de la tierra, sino la forma de convivir con ella.
La merma local de recursos (alimentos, plantas medicinales, agua etc.) o la necesidad de buscar otros sitios porque así lo dictan sus sueños desencadenan su migración hacia nuevos espacios, siempre dentro de la selva subtropical, donde restablecen un nuevo territorio que también ocupan por bastante tiempo.
La relación de los Mbya con la selva ha estado marcada por largos períodos de sedentarismo separados entre sí por breves procesos de migración. Esto prosigue en la actualidad pero sobre ambientes que ya han perdido la continuidad y la biodiversidad que tenían en el siglo XVI. A diferencia de los pueblos nómades que ocupan territorios estacionales, los Mbya ejercen una ocupación permanente del ambiente de selva solo que variando ocasionalmente sus territorios.
Este sistema pulsátil de vida y su gran adaptación al ambiente hicieron que los Guaraní convirtiesen la totalidad de la selva Misionera en su territorio sin dejar huellas de degradación. Esto diferencia claramente la estrategia Mbya de la que despliegan, por ejemplo, empresas madereras y establecimientos agropecuarios que sí dejan profundas e irreparables huellas en la selva.
Los Mbya comparten su estrategia de territorios cambiantes con otros grupos indígenas que también viven en ambientes selváticos de muy alta biodiversidad. Pero la mayor parte de las culturas de origen europeo, hoy dominantes en Argentina, introdujeron su noción de propiedad privada y de parcelación definitiva de los ambientes que asocian “parcelas” a personas identificadas como “propietarios”. Otra característica derivada delas culturas europeas fue la transmisión hereditaria de las propiedades. Esta modalidad de tenencia del suelo es totalmente distinta a la que vienen desplegando los Mbya desde hace siglos.
Al practicar la ocupación “por territorios” los Mbya adoptaron una de las estrategias más sustentables de convivencia entre seres humanos y naturaleza. Son poblaciones sedentarias pero no fijas. Durante siglos y por distintas causas, ambientales o sociales, sus comunidades se movieron entre distintos puntos de la antigua Provincia Biogeográfica Paranaense que se extendía, en forma casi continua, sobre parte de los actuales Paraguay, Brasil y Argentina. En nuestro país los "territorios" Mbya y Chiripa fueron las selvas subtropicales de Misiones. Al ingresar los blancos, que traían consigo una estrategia distinta de ocupación, basada en la definición de territorios fijos y privados, y modelos de producción incompatibles con la persistencia de selva continua, los Mbya perdieron paulatinamente su "territorio total". Esta apropiación, que expulsó a los Mbya de sus territorios de ocupación pulsátil, continúa en la actualidad. La permanente presión ejercida sobre las comunidades de Tekoa Yma y Tekoa Kapi'i Yvate para que abandonen su territorio es un claro ejemplo de expulsión.
4. Los ciclos de vida de los Mbya son diferentes a los ciclos de vida que impusieron las comunidades blancas de origen europeo.
Las comunidades Mbya de Tekoa Yma y Tekoa Kapi’i Yvate son el resultado contemporáneo de un largo proceso de ciclos sedentarios precedidos por episodios puntuales de migración. Estos movimientos tienen siglos de ocurrencia. Mientras la selva subtropical evolucionaba, con sus propias fluctuaciones por causas internas y externas, una de sus especies, los Mbya, iba estableciendo sucesivos territorios transitorios. Si los recursos disponibles y su uso establecían un buen balance, y los sueños de sus caciques no aconsejaban lo contrario, se radicaban en el mismo sitio durante mucho tiempo. Si alguna crisis rompía esa relación, o los sueños sugerían un cambio, la comunidad migraba, pero solo para volver a instalarse con rasgos sedentarios en otros sitio más propicio. La extensión de la cultura Mbya hacia la cuenca media y baja del río Paraná muestra el éxito expansivo que tuvieron en el pasado. Puede asumirse sin margen de error que la totalidad de la selva Paranaense de Misiones fue su "territorio total".
5. La estrategia productiva de los Mbya es totalmente distinta a la estrategia productiva de las culturas de origen europeo.
Los grupos Mbya no tienen excedentes agrícolas ni grandes sistemas de almacenamiento, mientras que las ciudades actuales son mantenidas por estrategias agropecuarias de cadena corta que generan enormes excedentes, y disponen de avanzadas tecnologías para conservar alimentos. La ocupación Mbya de la selva Misionera ha sido una ocupación móvil, tan genuina como la ocupación sedentaria y persistente que tuvieron en Europa los primeros asentamientos de raza Mediterránea.
La estrategia de vida de cualquier grupo cazador-recolector con agricultura de subsistencia, o de cadena alimentaria larga, tiene particularidades que no son bien comprendidas por otros grupos humanos cuya estrategia está basada, por el contrario, en sistemas agroproductivos de cadena alimentaria muy corta.
Una cadena alimentaria larga es característica de ambientes naturales con gran cantidad de especies (=biodiversidad), como la selva misionera. Hay productores (las plantas verdes), consumidores herbívoros que viven de los productores, consumidores carnívoros que viven de los herbívoros (o carnívoros de primer orden) y consumidores carnívoros que viven de los anteriores (llamados carnívoros de segundo orden). Esta “cadena del pasto” es complementada con una “cadena de los detritos”, donde los descomponedores procesan los restos y lo reingresan al ecosistema para que puedan ser utilizados por las plantas verdes. Se cierra así este ciclo, donde la materia circula y la energía fluye unidireccionalmente. Cada uno de los niveles tróficos (o funciones) que tiene la red alimentaria de la selva es ocupado por muchas especies vivas y sus poblaciones. Todas las plantas verdes de la selva, por ejemplo, integran el nivel trófico de los productores. Como hay tantas especies interrelacionadas, la cantidad de energía disponible para cualquiera de ellas es bastante reducida. En estos sistemas complicados y llenos de biodiversidad los Mbya optaron por ser una especie más. Al convivir con la selva pudieron sobrevivir exitosamente durante muchos siglos. Esta decisión implica por otra parte pequeños tamaños poblacionales. Al ser muy largas las cadenas alimentarias, esto es, al compartir el ambiente con una enorme cantidad de especies, los Mbya solo disponen de cantidades reducidas de energía y de materiales. Por eso las poblaciones de los cazadores, recolectores y pescadores nunca son muy numerosas.
Cuando las poblaciones humanas inventaron la agricultura hace 5.000-10.000 años, acortaron en realidad las antiguas y largas cadenas alimentarias. Eliminaban las formas vivas que había sobre el suelo, y plantaban luego, en reemplazo de bosques o grandes pastizales una única especie protegida. Al no haber competidores, y dedicarse la mayor parte de la energía y los materiales disponibles a la monoproducción, obtenían enormes cantidades de alimento. Perdieron sí la estabilidad que daban los ambientes naturales, y con ellos las fábricas naturales de suelos, pero durante siglos esto fue efecto colateral. El acortamiento de las cadenas alimentarias y el éxito de las actividades agropecuarias alimentaron con sus excedentes la primera revolución urbana y a partir de allí el masivo crecimiento de la población humana. Es cierto que en numerosas regiones del planeta siguieron viviendo cazadores, recolectores y pescadores, e incluso cazadores y recolectores con agricultura de subsistencia, pero lo dominante fue el reemplazo de los ecosistemas naturales de alta biodiversidad por cultivos y campos ganaderos.
Desde hace décadas se viene registrando en Misiones una despareja batalla entre estas dos estrategias de vida.
Por una parte están las comunidades Mbya, que son los habitantes más antiguos del territorio. Varias de sus comunidades, entre ellas Tekoa Yma y Tekoa Kapi’i Yvate, siguen conservando una estrategia de cadena alimentaria larga. Son cazadores, recolectores y pescadores, con una práctica agrícola deliberadamente reducida.
Por otra parte, están las comunidades blancas y de origen europeo que ingresaron muy recientemente a la selva Paranaense. Estos grupos trajeron una estrategia productiva de cadena corta, totalmente distinta a la practicada por los Mbya. En lugar de convivir con el monte, necesitaban superficies sin selva para colocar sus especies protegidas. Contrariamente a lo que sigue sucediendo con los cazadores y recolectores, sus excedentes de materiales y de energía resultan enormes.
6. Las comunidades Guaraní viven en las selvas paranaenses de Misiones desde hace más de 32 siglos.
Los Mbya son ocupantes ancestrales de la selva subtropical. Su presencia y estrecha relación con la selva es anterior en varios siglos al ingreso de las comunidades blancas.
Las comunidades Mbya se integraron a la selva Paranaense hace más de 3.000 años sin desarrollar la noción de propiedad privada que sí adoptaron las poblaciones blancas de ingreso reciente (siglo XVI en adelante).
Mediante datación radiocarbónica se ha estimado que las comunidades Guaraní pueblan la actual provincia de Misiones desde hace unos 3.200 años (Keller, 2001; Poujade, 2000). Estos grupos originales arribaron desde la gran cuenca amazónica, donde todavía viven en las nacientes del río Amazonas los grupos Tembé y Ka’apor, que hablan Guaraní (Keller, 2001; Poujade, 2000).
La larga relación de las comunidades Mbya con la selva subtropical de la actual Reserva de la Biosfera de Yabotí, de decenas de siglos, queda demostrada por la existencia de diez antiguos asentamientos: Tekoa Pora (Pueblo lindo), Tekoa Guachu (Pueblo grande), Tekoa Gue (Pueblo viejo), Tekoa Narra (Pueblo naranja), Tekoa Narandy (Pueblo del naranjal), Tekoa Takua Ovy (Pueblo tacuara verde o azul), Tekoa Vy’a (Pueblo alegre), Tekoa Chatta Ryapy (Pueblo de la naciente del arroyo Chata), Tekoa Karape’i Rogue (El viejo pueblo de una persona que llamaban petizo) y Tekoa Yvate Katy Gua. (El pueblo de los de arriba). Además de estas antiguas comunidades, que marcamos en el mapa territorial de los Mbya, también obran como prueba los movimientos recientes que tuvo la comunidad de Tekoa Yma, reconstruidos en este trabajo.
La selva Paranaense es el "territorio total" de los Guaraní desde hace más de 3.000 años.
Lo que ocurrió objetivamente es que su "territorio total" fue invadido a partir del siglo XVI por grupos blancos, en su mayoría de origen europeo, que tenían estrategias de apropiación de la tierra y de producción totalmente distintas. Esto explica la rápida desaparición de la selva subtropical, el establecimiento de sistemas agroproductivos de cadena corta y la multiplicación de asentamientos urbanos persistentes (las actuales ciudades de Misiones).
Al tiempo que los blancos se apropiaban del espacio "fijando" territorios de propiedad privada, la expulsión de los Mbya fue generando su incorporación marginal a los asentamientos blancos, y menores posibilidades de vida tradicional para aquellos que todavía viven en la selva Paranaense. 
 El argumento esgrimido por empresas y personas blancas de que su permanencia en la actual Reserva de la Biosfera de Yabotí es "anterior" a la ocupación Mbya resulta científicamente insostenible. Sin entrar a analizar los sólidos argumentos que proporcionan los estudios arqueológicos, etnológicos, etnobotánicos y etnofaunísticos, la misma toponimia desmiente su pretensión. La totalidad de la actual Reserva de la Biosfera de Yabotí tiene denominaciones Guaraní para cursos de agua, porciones de territorio y geomorfologías especiales. Como curiosidad, una las empresas que pretende tener precedencia de ocupación y cuyo origen de títulos se remonta al año 1940, utiliza para auto designarse el nombre Moconá, cuyo origen es guaraní (Mokomba) y tiene posiblemente siglos de antigüedad.
7. La rica cultura de los Mbya y su conocimiento de la selva Paranaense son el resultado de siglos de convivencia. Los Mbya son la selva, y las selvas son los Mbya
Las poblaciones Mbya que existen dentro de la actual Reserva de la Biosfera de Yabotí ocupan una parte de su antiguo y extenso "territorio total".
Las comunidades de Tekoa Yma y Tekoa Kapi'i Yvate obtienen sus alimentos, medicinas naturales, materiales de construcción y agua en un territorio de vida que abarca más de 3.960 hectáreas en el Lote 8 y más de 1.600 hectáreas en el Lote 7 (además de cientos de hectáreas en los Lotes 5 y 6). Este es "su" territorio, donde con algunas limitaciones aún hoy pueden cambiar de ubicación las comunidades (territorialidad pulsátil).
Debe quedar claro que el modo de vida y la salud de ambas comunidades depende de la existencia de territorio amplio, indispensable para pueblos cazadores y recolectores como los Mbya, y de biodiversidades altas, similares a las que hoy se encuentran en las porciones menos intervenidas de selva Paranaense.
Lamentablemente su territorio actual y en general la reserva de la Biosfera de Yabotí está siendo saqueada en forma legal e ilegal, lo que ha disminuido en forma grave y en algunos casos irreversible la biodiversidad local y las posibilidades de automantenimiento que tenía la selva. Si empresas y personas destruyen la biodiversidad y los pulsos naturales de la selva, también destruyen indirectamente a los Mbya que viven como parte de esa selva y sus pulsos.
El profundo conocimiento que tienen los Mbya de la selva subtropical y de sus frágiles suelos rojos (Oxisoles) es el resultado de 32 siglos de convivencia. Basta recordar aquí que los Mbya de Misiones utilizan 240 especies distintas de plantas de la selva Paranaense. De ese total 150 tienen finalidad medicinal, 61 son utilizadas como combustible, 54 para fabricar objetos y viviendas, y 35 como alimento (Keller, 2001). Marilyn Cebolla, de la Universidad Nacional de Misiones, encontró que los Mbya misioneros identifican además 229 especies de aves (Cebolla, 2003). Para la obtención de proteínas animales, por ejemplo, capturan tres especies distintas de larvas de escarabajo (Coleoptera) que viven en la palmera Pindó, y utilizan además dos especies de escarabajos cuyas larvas, que viven en plantas de tacuara, tienen apariciones poblacionales cada 30 y 60 años respectivamente (Montenegro y otros, 2003). Solo una cultura muy antigua y con un largo proceso de convivencia con la selva puede tener un conocimiento tan acabado y minucioso de la biodiversidad circundante, y de sus propiedades benéficas para la supervivencia (Cebolla, 2003).
Semejante conocimiento ha sido el resultado indirecto de la estrategia cazadora-recolectora y agrícola de subsistencia que adoptaron y conservaron los Mbya durante decenas de siglos. Su modelo cultural se retroalimentó con el conocimiento profundo de la biodiversidad selvática, y con sus duras condiciones ambientales (lluvias y sequías, temperaturas bajas en invierno y altas en verano). Al depender de la selva y de la utilización de sus recursos los Mbya desarrollaron una sorprendente capacidad de observación y de generación de conocimientos que luego transmitirían y acumularían generación tras generación. El único peligro de esta estrategia de cadena alimentaria larga y de alta adaptación al medio es que la vida tradicional de los Mbya está ligada a la supervivencia de la selva. Como todo grupo cazador, recolector y pescador nunca tuvieron gran cantidad de excedentes. La única actividad que pudo haber cambiado su estrategia, la agricultura, siempre se practicó en forma limitada.
Tres hechos se combinaron entre los Mbya para impedir la generación de grandes excedentes: (a) La fluctuación en la disponibilidad de los recursos naturales que utilizaban, sobre todo alimentos y medicinas; (b) El uso de varias fuentes alternativas, resultado en parte de esas fluctuaciones, y (c) La inexistencia de técnicas y objetos para almacenar bastante alimento durante mucho tiempo.
 Esta falta de excedentes es la característica esencial de los grupos cazadores-recolectores, incluso de aquellos que como los Mbya practican agricultura de subsistencia. De allí que su vida haya estado muy condicionada a las variaciones ambientales. Esto explica en parte porqué las poblaciones Mbya nunca fueron muy numerosas, y porque no desarrollaron ciudades. La mayor parte del tiempo funcionaron como una especie más de la selva, no como una especie “escapada” de la selva.
El precio que pagan los Mbya por estar muy integrados al ambiente son crisis y sufrimientos que no se postergan. En otras palabras, al sufrimiento lo paga cada generación mientras vive. Los blancos y sus estrategias de cadena alimentaria corta, en cambio, destrozan las bases de sustentación ecológica, y trasladan las crisis y el sufrimiento a sus futuros descendientes. Este es tal vez uno de los mecanismos más perversos de egoísmo transgeneracional.
Cualquier estrategia de cadena alimentaria larga y compleja como la que utilizaron y siguen desplegando los Mbya impone el uso de territorios muy extensos, incluso en selvas con notable biodiversidad y productividad primaria muy alta como la misionera. Su supervivencia depende de la habilidad que tengan para obtener un gran número de recursos muy distribuidos en la selva, pero también de que esa suma de disponibilidades no deje “agujeros” sin cubrir durante el año (cf. Lavallee, 2002).
Solo siglos de interacción con la selva Paranaense pueden explicar el éxito de los Mbya para sobrevivir en un medio tan difícil. Debe recordarse que los sitios de alta biodiversidad también incluyen un elevado número de microorganismos patógenos y especies parásitas, y que la caza-recolección aumenta los riesgos de que esas especies entren en contacto con el ser humano. A la presión de los ambientes húmedos y con gran variación térmica se le agrega entonces la presión de especies de riesgo (agentes infecciosos, microorganismos productores de toxinas, parásitos, especies predatoras, especies venenosas etc.).
Cada vez que se rompía el delicado balance entre población y provisión de alimentos, o escaseaba algún recurso por causas externas, como el agua, la comunidad debía buscar un nuevo territorio. Todos estos factores se combinaron para limitar el crecimiento demográfico.
Debemos señalar que la adopción y mantenimiento de esta estrategia fue una decisión de las sucesivas generaciones de Mbya, y que sus características y modalidades no pueden ser calificadas por otros grupos (los blancos por ejemplo) como primitivas ni evolucionadas. Son simplemente una estrategia de vida, una forma de adaptación al medio decidida por un pueblo en su propio territorio.
Para muchos blancos el éxito de una cultura se mide por la grandiosidad de los edificios y objetos que se producen, y por el tiempo que perduran. Para la naturaleza el éxito se mide por la cantidad de tiempo que ha vivido una población como la Mbya en la selva sin que la selva y los propios Mbya desapareciesen. Hay pueblos cuya herencia es casi inmaterial, y no por ello son “menos evolucionados” o “menos desarrollados”. Son pueblos y culturas que han logrado lo que muchas de nuestras civilizaciones intentan y no alcanzan, esto es, adaptarse al ambiente y a sí mismas.
El etnólogo Alain Testard describe correctamente las condiciones en que esta estrategia suele dar origen a casos de sedentarismo. Indica que los cazadores recolectores pueden ser sedentarios cuando el territorio utilizado en un sitio contiene gran variedad de recursos bióticos en tanto puedan ser explotados todo el año, y no queden “agujeros” (Testart, 1982).
A diferencia de quienes practican a gran escala la estrategia agrícola y ganadera de cadena corta, tan propis a nuestras culturas blancas, los cazadores-recolectores viven con recursos locales, y al hacerlo solo simplifican transitoriamente el ambiente que ocupan. Esto marca una clara diferencia con los sistemas agrícolas industrializados. Cuando la actividad de los cazadores-recolectores reduce la disponibilidad de recursos, su población suele migrar. La selva cicatriza entonces el área impactada mediante especies colonizadoras. La "sucesión" o "ecosucesión" restituye así formaciones de selva de alta biodiversidad. Al reconstituirse el ambiente, producto de una selva que crece sobre sí misma, queda disponible para que lo ocupe nuevamente otra comunidad Mbya. Estos ciclos de utilización intensiva y migración debieron estar bastante adaptados a la selva, porque cuando ingresaron las oleadas invasoras de población blanca en territorio Mbya no encontraron fenómenos masivos de erosión ni de deforestación. Esta ausencia de impactos ambientales hizo que muchos de los ocupantes extranjeros considerasen, erróneamente, que los Mbya era de ingreso reciente a la selva Paranaense de Misiones. Este mismo error persiste en la actualidad, ya que algunos sectores de interés pretenden fundamentar su posesión de la tierra en la edad que tiene tal o cual comunidad, lo que resulta absurdo.
La totalidad de la selva Misionera fue territorio Mbya y sigue siéndolo allí donde ambos interactúan, independientemente del régimen de propiedad que instauró la población invasora.
Es interesante anotar que este mecanismo de sedentarismo con episodios migratorios (o de territorios móviles) impide que la excesiva permanencia en un sitio afecte gravemente el frágil metabolismo selvático. Hasta el rol de los sueños del Opygua en la posible movilidad de las comunidades agrega una componente cultural de adaptación. La movilidad no es solo impulsada por la escasez de recursos, sino también por decisiones mágicas. Esto es positivo en términos de ecosistema, ya que ayuda a distribuir y diluir mejor el impacto ambiental de las comunidades cazadoras, recolectoras y pescadoras.
La supervivencia de los Mbya, sin embargo, está condicionada a que la extensión y continuidad de la selva nativa no se interrumpa ni destruya. Debe tenerse en cuenta que no cualquier superficie ni tipo de selva es suficiente para que los Mbya vivan sustentablemente de ella. Por esta razón sostenemos que cualquier intento de concentrar las comunidades de Tekoa Yma y Tekoa Kapi’i Yvate en un terreno reducido y rígido ignora su pertenencia ancestral a la selva, desconoce la estrategia esencial de los pueblos cazadores-recolectores y olvida, peligrosamente, que la selva ya no tiene continuidad.
Como ya lo indicamos antes, cuando se inició la invasión europea hacia fines del siglo XV los Mbya eran un pueblo cazador, pescador y recolector con agricultura de subsistencia. Las sucesivas oleadas de inmigrantes introdujeron en Argentina las prácticas agrícolas y de cría de animales que se practicaban en sus países de origen, y que eran, a su vez, el legado de la primera revolución verde ocurrida en el Oriente Medio (actual Siria). Al cultivo de plantas de pequeño porte y la cría de animales, los inmigrantes europeos y sus descendientes fueron agregando el cultivo de plantas autóctonas (la yerba mate) y de árboles exóticos (Pinus spp.; Eucalyptus spp., etc.). A diferencia de los sistemas de caza-recolección, donde la selva “proveedora” se conservaba, en las nuevas estrategias agro-ganaderas era indispensable el desmonte de los ambientes nativos, y la posterior siembra o plantación de una única especie protegida (cultivo, plantación de pinos, plantación de Eucalyptus, etc.). Mbya y blancos tenían modelos de uso de la naturaleza totalmente distintos. Los Mbya vivían como parte de redes alimentarias largas y complejas, mientras que los europeos imponían a rajatabla sistemas productivos de cadena corta donde la selva era un obstáculo para poder utilizar el suelo.
Las Misiones Jesuíticas fueron parte de este prolongado período de invasión. Al tiempo que los ambientes de selva disminuían en superficie y biodiversidad, sobre todo a partir de 1940-1950, los antiguos territorios Mbya pasaron a ser territorio ocupado. Gobiernos, empresas y particulares se transformaron, por decisión propia o estatal en propietarios de tierras donde aún vivían pueblos y culturas indígenas. En este genocidio silencioso los nuevos territorios (o territorios ocupados) se construyeron sobre los antiguos territorios móviles de los Mbya. La incesante transferencia unilateral de bienes implantó un modelo de uso de la tierra basado fundamentalmente en las cadenas alimentarias cortas. Los excedentes asociados a este modelo permitieron el surgimiento y expansión de numerosos centros urbanos, los que demandan a su vez una mayor cantidad de productos agrícolas, y de recursos naturales provenientes de la selva (maderas valiosas por ejemplo). Este proceso continúa en la actualidad.
Los ecosistemas productivos de cadena corta son altamente inestables por varias razones. En primer lugar porque los monocultivos son sensibles a las plagas. Microorganismos, hongos e insectos pueden hacer estragos en ambientes de tan baja biodiversidad. En segundo lugar porque la mayoría de los suelos que tenían selva son Oxisoles extremadamente frágiles y muy pobres en materia orgánica, sensibles al Sol y a la fuertes precipitaciones. Cuando los suelos rojos ya no tienen selva son fácilmente erosionados "desde adentro" por los cultivos, y "desde afuera" por la lluvia. Finalmente, los cultivos casi no generan suelo. La selva y el clima fueron su fábrica natural. Al desaparecer las selvas desaparecen con ellas las fábricas de suelo, de microclimas y de regularidad hídrica. Por otra parte, cuanto más se cultiva y extrae, mayor es la pérdida de estructura y de nutrientes. Irónicamente los grandes beneficios económicos de corto plazo que se asocian a los sistemas productivos de cadena corta generan graves efectos ambientales a mediano y largo plazo (Montenegro, 1999).
Aquellos que viven en ciudades y se benefician con la estrategia agrícola y ganadera de cadena alimentaria corta no suelen comprender a los que viven con una estrategia diferente, como los Mbya, que por ser cazadores, pescadores, recolectores y agricultores de subsistencia son parte, en cambio, de cadenas alimentarias largas y complejas. Un ciudadano de Buenos Aires o Posadas, por ejemplo, percibe que su territorio es fundamentalmente la propiedad en que vive, donde no necesita de una selva próxima para proveerse de alimentos, medicinas y materiales de construcción. Ese ciudadano forma parte de una población que optó por esta forma de vida.
Para que la ciudad funcione, millones de hectáreas de suelo deben producir diariamente carne, cereales, leche y otros alimentos, y la industria, además de procesarlos, también tiene que generar medicamentos, tecnologías y una infinidad de objetos. Los Mbya dependen de las plantas medicinales de la selva para curar sus enfermedades, y los pobladores urbanos de la industria farmacéutica y de los complejos sistemas urbanos de salud.
Los Mbya también optaron hace muchos siglos por una forma de vida, solo que basada en la caza, la pesca, la recolección y la agricultura de subsistencia. Ellos no necesitan millones de hectáreas de cultivo y de campos ganaderos, ni pozos de petróleo, ni minas de oro. Pero por ser cazadores, recolectores y agricultores de subsistencia los Mbya sí necesitan de 80 a 100 hectáreas de selva por persona. El problema es que la mayor parte de las superficies remanentes de selva, que durante siglos fueron territorio Mbya, hoy son reivindicadas como propias por empresas, gobiernos y particulares.
La superficie de territorio que se necesita depende de la demanda (población) y de la distribución de la oferta en la selva. Actualmente en el Lote 8, por ejemplo, solo se encuentra una selva menos alterada en apenas el 10% de la superficie total del Lote. Esta selva, situada en los alrededores del camino de Pepirí, que une ambas comunidades, muestra sin embargo una notable disminución de la población de árboles cuando se compara el censo actual de ejemplares por especie con el censo efectuado en ambientes equivalentes por Tortorelli (1956). En el resto del Lote existen tres “islas” de selva que los Mbya consideran “poco alterada” (16,45% de la superficie total), “bastante alterada” (59,15% de la superficie total) y “muy alterada” (15,51% del total). Esto explica en parte la mayor superficie que se necesita para obtener recursos.
Cuando la selva tenía valores muy altos de biodiversidad es probable que los territorios hayan sido menores. Si la degradación de la Reserva de la Biosfera continúa, es previsible que el territorio de vida necesario para una comunidad de 20 familias sea cada vez mayor. Existe sin embargo un límite crítico marcado por la relación entre el esfuerzo total de búsqueda, y los materiales y energía obtenidos con ese esfuerzo. Si la distancia se acrecienta, los gastos se tornan más altos y pueden superar los beneficios. La actual situación de las comunidades impide por otra parte que se puedan repetir los ancestrales mecanismos de migración, pues la selva ha perdido continuidad y biodiversidad. Es muy posible que los procesos de migración poblacional registrados recientemente en la comunidad de Tekoa Kapi'i Yavte se hayan producido por crisis en la disponibilidad de recursos.
8. El impacto ambiental que producen las empresas madereras y los cazadores furtivos.
Actualmente las dos comunidades están siendo afectadas por las operaciones legales e ilegales que practican empresas y personas dentro de sus territorios de vida.
La explotación legal incluye:
(a) Apertura de caminos, senderos y "claros" que actúan como cuñas longitudinales y focos de erosión potencial, ya que la falta de vegetación y la presencia de un suelo frágil y erosionable (Oxisoles) facilita su degradación. La multiplicación de las "cuñas de erosión potencial" y de las "cuñas de erosión reales" continúa en la actualidad a ritmo exponencial. Los autores de este trabajo pudieron comprobar que incluso en períodos cortos de tiempo (tres meses) prosigue indiscriminadamente la apertura de nuevos caminos y el injustificado ensanchamiento de los existentes.
(b) La extracción selectiva de maderas de valor comercial desconoce las necesidades de las comunidades Mbya en materia de plantas medicinales, fundamentales para su salud. Los árboles extraídos por la empresa maderera incluye ejemplares que por su edad y dimensiones son únicos para la provisión de medicamentos naturales. Mocona S.A. ha estado extrayendo árboles vitales para el mantenimiento de la salud y la cultura Mbya, un aspecto que no considera específicamente el gobierno de Misiones al autorizar explotaciones en la Reserva de la Biosfera de Yaboti (ver abajo). Este saqueo de la farmacopea nativa es de extrema gravedad, y puede ser responsable de que aumente la morbilidad y la mortalidad en las comunidades Tekoa Yma y Tekoa Kapi'i Yvate. Dada la gravedad de este hecho, consideramos que el gobierno de Misiones debe impedir la extracción de toda especie forestal con propiedades medicinales. Requerimos además se deslinden las responsabilidades que pudieran haber tenido los particulares y el Estado en esta extracción, y en sus posibles efectos negativos sobre la salud de los Mbya.
(c) La extracción selectiva de maderas nativas de valor comercial ignora la ecología de la selva, y la capacidad de carga de cada población de árboles.
Al revisar las normas vigentes y las publicaciones disponibles advertimos que no existen estudios ecológicos para cada una de las especies utilizadas, y que por lo tanto no se han establecido los valores "K" y "K/2" para cada una de ellas en función del sistema de selva.
 Pese a ello, el gobierno de Misiones ha estado autorizando su extracción con legislación que beneficia a las madereras, y perjudica a los Mbya y la selva.
Las normas que aplica actualmente el Ministerio de Ecología de Misiones son científicamente pobres, tienen demasiadas inexactitudes técnicas, e ignoran la ecología selvática. Esto explica porqué, en un nuevo acto de barbarie legal, la empresa taló 120 árboles muy cerca del templo de la comunidad de Tekoa Yma.
(d) La destrucción de la vegetación nativa por operaciones de tumbada y manipulación de los rollizos genera "cuñas de destrucción biológica" y "cuñas de erosión potencial" cuyos efectos son visibles y crecientes en el área de vida de las dos comunidades. Cada árbol que se extrae destruye la mayor parte de la biota asociada a sus ramas y troncos, lo que equivale a un importante drenaje de germoplasma. Muchas de las especies destruidas por tumbada, o que vivían en las ramas y corteza de los árboles extraídos, no podrán ser empleadas como medicina ni elementos constructivos por las dos comunidades Mbya. Las normas de manejo que hoy se aplican omiten por completo estos temas.
(e) La actividades de explotación, que incluyen trabajo de grandes máquinas, uso de motosierras, tumbada de árboles y remoción de suelo generan ruidos molestos que ahuyentan a la fauna nativa. Se generan así islas de ruido e impacto negativo que provocan la migración de biota. La fauna desplazada genera a su vez trastornos territoriales al invadir espacios que están ocupados por otros ejemplares de la misma especie. El funcionamiento de las grandes máquinas y de las motosierras también afecta psicológicamente a los Mbya, que asocian sus ruidos a la destrucción de la selva, y por lo tanto, a la menor disponibilidad de alimentos, medicinas y materiales de construcción.
(f) Existe finalmente un impacto ambiental negativo por suma y potenciación de todos los impactos anteriores, lo que explica el grave e irreversible deterioro que está sufriendo la selva Paranaense en todo el territorio de vida de las comunidades Tekoa Yma y Tekoa Kapi'i Yvate.
Nosotros pudimos comprobar la degradación sufrida en todo el Lote 8, donde solo queda una reducida porción de ambiente menos alterado. Incluso en esta porción, donde la empresa pretendía continuar la explotación a juzgar por la apertura de camino (sendero de Pepirí, junto a la comunidad de Tekoa Yma), la disminución del número de ejemplares de árboles que detectamos es alarmante. Comparando los resultados que obtuvimos al censar el número total de árboles de una parcela con los datos que registró Tortorelli en 1956, ambos referidos a una hectárea de superficie, el guatambú (Balfourodendron riedelianum) se redujo en un 89,48 %; la grapia (Apuleia leiocarpa) en un 81,82 %; la canjerana (Cabralea canjerana) en un 75,00 %; la canela (Ocotea acutifolia) en un 73,80 %; el cedro (Cederla fissilis) en un 57,15 %, y el anchico colorado (Piptadenia rigida) disminuyó en un 33,34 %. Cabe anotar que la mayor parte de estas especies es utilizada por los Mbya como plantas medicinales.
Para quien desconoce la estructura de vegetación de la selva su aspecto general parece mantenerse, pero un estudio detallado muestra todo lo contrario. Su estructura biótica está notablemente empobrecida, y la diversidad ecológica es muy baja. Esto es particularmente grave para los Mbya, ya que su territorio de vida pasa a tener una menor densidad de recursos, y en muchos casos esos recursos desaparecen por completo. Es patético observar como la comunidad de Tekoa Yma debe sobreutilizar un gran ejemplar de ivyra-pita que logró proteger de la tala. Su corteza es utilizada con fines medicinales. En solo un mes su superficie decorticada aumentó en un 100% (2003).
La explotación ilegal incluye el saqueo de maderas valiosas, que beneficia a las madereras, y la matanza de animales nativos que conducen cazadores brasileños y argentinos. En 1997 se constató el apeo y traslado de madera de la Reserva de Yabotí hacia el Brasil a través del río Pepirí Guazú, que actúa como límite internacional. En el año 2001 se denunció públicamente que durante 60 días fueron extraídos ilegalmente 3.285 metros cúbicos de madera. Los rollizos procedían de una propiedad en litigio ubicada dentro de la Reserva. Más recientemente los autores de este trabajo pudieron comprobar una masiva extracción de madera en cercanías de El Paraíso, y la existencia, muy cerca de la comunidad de Tekoa Yma, de senderos utilizados por cazadores brasileños (camino a Casa de Piedra, junio de 2003). Los guardaparques de la Administración de Parques Nacionales señalan que la actividad de los cazadores brasileños continúa en aumento, lo que representa además un peligro para la propa seguridad de los Mbya.
9. Las dos comunidades Mbya no pueden ser encerradas en superficies que no coinciden con el territorio real que ambas utilizan.
Por su cultura cazadora, pescadora, recolectora y de agricultura de subsistencia los Mbya no pueden ser encerrados en territorios fijos y diminutos pues no podrían obtener de ellos los alimentos, medicinas y materiales que necesitan para vivir. Lo que es una superficie importante para los blancos es un territorio muy pequeño para los Mbya, pues ambos tienen estrategias de vida y de producción totalmente distintas. Si la comunidad blanca los obligase a abandonar su territorio natural, y los indujese a adoptar nuevos modos de vida, los Mbya perderían su manera de ser (Ñande Reco). Esta pérdida es para ellos lo más cercano a la muerte. Pretender obligarlos a vivir en menos del 5% de su territorio natural es un atentado contra su cultura, pero también contra su salud y su calidad de vida.
Si por el contrario se respetasen los derechos humanos de las comunidades Tekoa Yma y Tekoa Kapi'i Yvate, y se les reconociera el territorio que necesitan para obtener sus recursos (unas 6.000 Ha), la explotación maderera y la incursión de cazadores deben cesar. La actividad de las empresas madereras y de los cazadores externos es incompatible con la vida y necesidades de los Mbya.
Tanto el achicamiento de sus territorios de vida como la explotación externa de los territorios que hoy utilizan deben ser interpretados como encubiertos agentes de genocidio.
Las comunidades Mbya de Tekoa Yma y Tekoa Kapi’i Yvate tienen derecho natural a seguir viviendo donde hoy viven por dos razones fundamentales: primero, porque la superficie que ocupan es la que necesita un pueblo cazador, pescador, recolector y con agricultura de pequeña escala, y segundo, porque esa superficie es parte del territorio móvil que durante siglos utilizaron sus antepasados.
Existe además otro argumento ineludible. La selva subtropical ya no ocupa su superficie original, y la que queda sufre incesantes saqueos. La Reserva de la Biosfera de Yabotí dista de ser un lugar donde se conserve la naturaleza. Sus selvas, y las selvas que todavía viven en las áreas naturales de la provincia de Misiones, son las últimas fábricas de suelo misionero que aún quedan. Y muy dentro de ellas viven los últimos conocedores de sus secretos, soportando la torpeza de las compañías madereras, de las motosierras, de los cazadores y del olvido blanco.
10. Según el Convenio 169 de la OIT la noción de tierra debe asociarse a la de territorio.
Debemos recordar aquí que conforme a la parte II del Artículo 13 del Convenio 169 de la OIT "La utilización del término tierras deberá incluir el concepto de territorios, lo que cubre la totalidad del hábitat de las regiones que los pueblos indígenas ocupan o utilizan de alguna u otra manera". Siendo este Convenio de jerarquía jurídica superior a las leyes de la Nación, reconoce la absoluta validez argumental del "territorio" que necesitan los Mbya para vivir, ello en desmedro del criterio de propiedad privada esgrimido por la empresa Moconá Forestal S.A. Mientras los Guaraní viven en estas selva Paranaenses desde hace 32 siglos, la empresa, en cambio, solo ingresó recientemente y como es obvio, sin disponer del conocimiento que los Mbya tienen de la selva. Esto explica la degradación ambiental que ha venido produciendo la empresa Moconá Forestal S.A. desde su radicación. Nuestro estudio ha demostrado cualitativa y cuantitativamente su impacto sobre el territorio de las dos comunidades en la Reserva de la Biosfera de Yabotí.
11. Campaña internacional en defensa de los Mbya y de la selva.
Mientras se desarrollaba el trabajo conjunto con las comunidades de Tekoa Yma y Tekoa Kapi'i Yvate FUNAM organizó una activa campaña nacional e internacional en defensa de los Mbya y de la selva Paranaense. Esta campaña continúa, y puede verse en la página Web de FUNAM (www.funam.org.ar). Como parte de la campaña se denunció en la propia sede de la UNESCO el desmanejo de la Reserva de la Biosfera de Yabotí, y se elaboró un corto documental de 17 minutos para denunciar el genocidio silencioso. El documental y las denuncias públicas siguen teniendo un gran impacto en los medios de comunicación social. Gracias a la presión nacional e internacional que se concentró sobre el Ministerio de Ecología de Misiones se lograron cambios menores en las normas sobre manejo, y el Ministerio dispuso que no se extrajeran árboles durante un año en el territorio que utilizan las comunidades (9.000 hectáreas). El objetivo final es que las empresas y el estado devuelvan a los Mbya Guaraní las tierras y los territorios que ellos siempre utilizaron para obtener plantas medicinales, alimentos y materiales de construcción, y les otorguen la titularidad definitiva.
Por todo lo anterior y la información técnica contenida en este trabajo, advertimos que las comunidades de Tekoa Yma y Tekoa Kapi’i Yvate están amenazadas de dos genocidios. .
El primer genocidio, del cual ya hay indicios, estaría siendo provocado por las actividades legales de las compañías madereras, y por las actividades ilegales de las madereras y los cazadores, y eventualmente, por las autorizaciones de explotación que otorga el gobierno de Misiones (ver arriba). Tanto las actividades legales, de mayor envergadura, como las ilegales, están saqueando la selva de recursos que los Mbya utilizan para alimento, medicinas y materiales de construcción. Esto los condena al hambre, las enfermedades y una mayor morbi-mortalidad, y la destrucción de su cultura. En este contexto, la destrucción sistemática de árboles con propiedades medicinales tiene graves consecuencias en la salud de la comunidad Mbya.
El segundo genocidio puede ocurrir si las empresas madereras, otros sectores de interés y el gobierno obligaran a las comunidades Mbya de Tekoa Yma y Tekoa Kapi’i Yvate a vivir en un terreno reducido, ya que esta decisión les impediría obtener las plantas medicinales, los alimentos y los materiales de construcción que ellos necesitan. Además de sus efectos sobre la salud y sus formas de vida, este achicamiento de sus territorios les impondría un cruel castigo psicológico, pues perderían, injustamente, su manera de ser.
Los pueblos que más derecho tienen a la “propiedad” de la selva son aquellos que durante siglos vivieron como parte de ella sin necesidad de ser sus dueños.

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