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LA HIGIENE GUARANI  *

El redescubrimiento de un pueblo que vivio sano y feliz

Desde las Antillas al Paraná. Desde los Andes hasta el Atlántico, en esa inmensidad de aires, aguas, luz y vida vive el pueblo guaraní..
Fue la guaraní una hermosa civilización que no debería perderse en el olvido. La dulzura de su lenguaje, la equidad de su gobierno, los resultados de su higiene, nos hablan de unos hombres de una exquisitez y dignidad admirables.
Esta civilización de la sencillez y la alegría sería, tras el “descubrimiento” y en el transcurso de unos pocos siglos, engañada, humillada y aniquilada por el interés y la codicia de sus descubridores. No quedan ahí las cosas, exterminados los hombres, había que acabar –si algo no lo impide- con el resto de las formas de vida. Ahí están la carretera Transamazónica, la presa de Itapu (la mayor del mundo), que permitirán “explotar” recursos y obtener energía, ¿recursos y energía para qué y a costa de qué? Desgraciadamente es muy fácil contestar a esta pregunta.
Las páginas que vienen a continuación quieren ser la síntesis de una vida y apasionada obra cuyo título encabeza este artículo. Es su autor el paraguayo de origen italiano Moisés Santiago Bertoni (1.857 Tessina /1.929 Puerto Bertoni), el cual se formó como naturalista en Zurich, trasladándose al Paraguay en 1.887. Puerto Bertoni (estación agronómica en la selva) sería a la vez lugar de residencia y centro de estudio y trabajo. De allí, de su propia imprenta, saldrán entre otras los “Cuadernos de Agronomía”, los “Anales Científicos del Paraguay”, la “Descripción Física y Social del Paraguay” y la “Civilización Guaraní” (dónde se incluye esta “Higiene”), publicaciones que contendrán la mayor parte de sus trabajos de arqueología, etnografía y botánica.
En cuanto a esta “Higiene” dos son los caminos que permitieron llevarla a cabo, el estudio exhaustivo de una bibliografía, que se inicia en la época colonial y reúne un numeroso grupo de autores de distinta motivación y procedencia, y el de la observación directa. En vida del autor quedan aún algunas zonas en estado libre o “protegido”; él mismo participa, encargado por el gobierno, en la preservación de alguna de ellas, pudiendo por tanto comprobar el testimonio de sus predecesores.
Antes de que os adentréis en estas páginas, una recomendación:
Abordarlas sin prisas, pues la necesidad de resumir en tan breve espacio tan extenso tema puede dar en ciertos momentos de la exposición un carácter casi telegráfico.

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      Existen pruebas de su extrema longevidad, la cual disminuye donde se altera la higiene.
 
Hablando de los Rava-yara, Pthihguara y Tupinambá, dice el célebre naturalista Marc-prau: “Tienen larga vida y se pueden ver entre ellos muchos viejos de 100 a 120 años, cuya edad marcan muy bien en su etamborea…” Y no habla de casos extremos sino de lo que comúnmente se veía en el noreste (litoral de Brasil).
Respecto a los Tamôi (no guaranís) que habían adoptado en buena parte las costumbres de los Tupinambá dice Levý “aunque muchísimos son los que llegan a la edad de 120 años poco son los que tienen el cabello blanco o tordillo”. Agrega que tan larga y fuerte vejez debía atribuirse no solo a la salubridad del clima sino a su especial régimen y manera de vivir. Esto respecto a los guaranís del continente, pues sus padres de las islas estaban aún mejor. De ellos nos dice Rochefort: “No se dan entre ellos esos casos de edades abreviadas tan comunes entre nosotros; si no caen de muerte violenta mueren casi todos viejísimos y su vejez es extremadamente vigorosa, a los 90 años los hombres tienen todavía hijos y muchos de ellos que tienen más de 100 años no tienen un pelo blanco”. Y añade Bertoni: “La edad ordinaria de nuestros Karaives es de 150 años y a veces más”. En los tiempos en que habla Rochefort existían personas que habían presenciado la llegada de los primeros españoles y tenían por tanto 160 años cuando menos.
 
Este autor describe a los ancianos como personas muy enflaquecidas que pasan la mayor parte del tiempo tranquilamente en sus hamacas gozando de buena salud. Hablan además con facilidad y conservan la memoria.
Azara admite la gran longevidad de los paraguayos y un caso averiguado de 180 años. F. de Castenau, en su doble travesía al continente sudamericano, encontró indios de raza Guaraní que tenían 200 a 300 años, cosa que pudo averiguar porque recordaban episodios verídicos de la guerra entre brasileños y holandeses.
Para terminar Bertoni refiere al caso de un indígena, Miguel Solís, natural de Colombia, que por ocupar desde su juventud un puesto en la administración de su aldea figuró siempre en las actas comunales. Tenía 198 años y gozaba de muy buena salud, era alegre, de buena memoria, y vivía casi exclusivamente de mandioca y jugo de caña dulce. Un día de cada quince hacía ayuno completo, fue visitado por varios médicos e higienistas, vivía en tiempos del autor y todavía vivió algunos años más.
Todos los autores quedaron sorprendidos por el estado de salud de estos ancianos. Thevet no ha visto un caso de parálisis senil tan común en todo el mundo y añade “…caminan como jóvenes con la cabeza atrevidamente levantada, su complexidad no está corrompida por el mucho comer y beber como la nuestra…” No sucede como entre los europeos, dónde el anciano que no puede trabajar considera terminada su vida activa. Entre los guaranís, en toda época y en todo su extremo territorio, el gobierno perteneció siempre a los ancianos. De ellos es el gobierno espiritual, la vigilancia de la moral y costumbres. Pero su consejo es también continuamente solicitado en toda emergencia, trabajo o empresa, tanto más cuanto mayor es su edad. El anciano se siente feliz en esa condición y orgulloso de ser muy útil hasta el último día.
 
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Eran sobrios y ayunaban frecuentemente.
 
“Nunca cometen excesos ni en el comer ni en el beber, nunca comen fruta alterada ni que no esté bien madura, ni comida que no esté bien cocida” (se entiende la que deba serlo) (Theveth).
“No comen a hora fija pues su reloj es su estómago y, si es preciso, para preparar bien los alimentos soportan el hambre con la mayor apariencia.” (Rochefort)
Variados eran los tipos de ayuno que practicaban: higiénicos, místicos, de educación de voluntad… Los primeros eran los principales.
“No dan nunca nada de comer a los enfermos mientras ellos no lo pidan, aunque pasen un mes sin alimento.” (Theveth)
En general, cuando un guaraní se siente enfermo se abriga y se acuesta, evitando la luz y el hablar. Así permanece largas horas, sin moverle, a veces días enteros como en un profundo letargo. Si no sobrevienen síntomas alarmantes nadie le habla ni le estorba, sólo se coloca un cántaro con agua al alcance de su mano. Qué contrario a lo que ocurre en Europa (dice nuestro autor) donde en cuanto alguien está enfermo se le atribuye a la debilidad, atiborrándolo de alimentos, generalmente de difícil digestión.
 
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El aseo era la preocupación más general. Eran muy cuidadosos con las comidas, el cuerpo, las habitaciones y las aldeas. Tomaban baños frecuentísimos en todo tiempo.
Veamos lo que dicen los distintos autores:
§    De las comidas: “Siempre antes de comer se lavan las manos con mucho cuidado. Aun los que cocinan no tocan nada de lo que pueda ser comido si no tienen las manos bien lavadas.” (Rochefort)
“Cada persona tiene su plato, no comen de la marmita o plato común, al terminar se lavan las manos y se enjuagan la boca.” (Nordenskiold).
 
§    Del cuerpo: “Hombres, mujeres y niños al levantarse van a lavarse y nadar en los arroyos por más frío que haga” (padre Fernando Cardim); y sigue diciendo el mismo autor: “En todas las aguas y ríos claros que encuentran acurrucándose en los márgenes o entrando en el agua, mojan la cabeza, luego se lavan la cabeza y zambullen como perros (sic), algunos días hay en lo que hacen más de doce veces”.
Nordenskiold dice algo similar de las mujeres Chiriguana y Chané, e insiste en que en la estación seca persisten en su baño, aunque tengan que ir a buscar el agua a grandes distancias. El mismo autor, sobre el cuidado de algunas partes del cuerpo, nos dice: “Se limpian la cabeza mediante las semillas machacadas de ñandira (rica en saponina…)”. Cuidan también mucho sus uñas.
De ellos dice Vaz de Caminha en su informe al rey de Portugal: “Su cuerpo es tan limpio y hermoso que más no pudo ser”.
 
§    De las habitaciones y aldeas: “Sus aldeas son muy limpias, los ranchos y la plaza se barren todos los días y las basuras se queman, pues los Chiriguana y Chane quieren que todo sea limpio alrededor de ellos. Se siente uno a gusto en esas casas, especialmente por la noche”.
Sobre el cuidado que tenían con las materias excrementicias, dice Rochefort: “…nunca aparece ninguna suciedad junto a ellos, sino que para enterrar tales cosas tenían un lugar especial lejos de sus casas…” Y es tal el asco que tienen a estas materias que “abandonan y queman su propia casa cuando un europeo se ensucia una vez en ellas” (por desprecio o para alejarlos); más aún, abandonan una plantación cuando descubren un excremento humano. M.S. Bertoni añade que tal “horror” no se debe sólo a una cuestión de sensibilidad sino probablemente al conocimiento del riesgo que dichas materias encierran para la salud.
 
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Los ejercicios físicos empezaban desde la infancia, seguían variados durante toda la vida, pero con respeto al descanso y al sueño
 
Dice nuestro autor: “El ejercicio comenzaba desde el nacimiento, el niño guaraní no conoce faja, ni mucho abrigo, ni mucho reposo”. Durante la lactancia (2-3 años) el niño, sostenido por una red, acompaña a la madre en todos sus movimientos, haga lluvia, sol o fío, sean trabajos de campo o viajes. Esos movimientos preparan sus tiernos músculos para futuros esfuerzos.
El aire libre, el sol y a veces la intemperie contribuirán a que viva sano y resistente. Al nacer, si es varón el padre le hará un pequeño arco simbólico, otro como primer juguete, el día que sepa colocar algo entre las manos… comenzando pronto el verdadero ejercicio (1); el argo tiene de 1,80 a 2,30 metros, está fabricado con maderas duras y es prácticamente imposible de tender para un no nativo.
 
§    De los niños, nos dice el visitador Fernao Cardim: “Tienen muchos juegos que hacen con mucha más fiesta y alegría que los niños portugueses…imitan los movimientos de varios animales, pero sin enojos ni actos muy violentos, por todas partes se nota la alegría, la alegría constante en grandes y pequeños”.
No era el argo el único ejercicio, el remo a pala y la natación lo fueron también en casi todas partes (de los Karaives se decía que el mar era su elemento más que la tierra).
§    En Las marchas a pie los que rivalizaban recorrían trechos increíbles (2).
§    En Las danzas “bailaban hasta la total extenuación de las fuerzas”.
Del ejercicio que conlleva la obtención de los alimentos dice nuestro autor: “El que cree que estas tribus pueden vivir ociosas y que en el monte encuentran todo lo que precisan sin trabajo, no conoce ni a los indígenas ni al monte”.
Y Rochefort: “en todo tiempo se les ve trabajar y tomar placer en toda clase de actividades. Ahora bien, llegado al sueño el indio va a la hamaca, no conoce eso de resistirse al sueño tomando mate u otras yerbas…cuando le da se acuesta sin hacer caso de los demás.
Velada alegre, sueño tranquilo y buena cama fueron las reglas en todo lugar. Levy admiraba el bullicio que reinaba en las grandes casas comunes a las primeras horas de la noche: “Mientras las mujeres preparaban los alimentos o tejían (3), los hombres hacían utensilios…todo era risa, bromas o canos o contar cuentos”, así sucede aún entre los guaranís libres del Brasil y Bolivia.
 
 
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La alimentación guaraní resulta en todo conforme a los últimos dictados de la ciencia. Era esencialmente vegetariana. Donde admitió carnes fue con restricción.
 
Nos dice Bertoni: “Todos los pueblos de esta raza eran más o menos vegetarianos, y algunos totalmente. Donde comían pescado la alimentación carnívora les enfermaba y muchos no soportaban la mixta europea”. Relata un historiador francés de la época (Moureau) que los guaranís del Brasil estando sitiados con los holandeses en el fuerte de Santa Rita “se extrañaban del pan y la carne que se les distribuía como a los soldados europeos y se quejaban de que esos alimentos les enfermaban y hacían morir”.
No tenían los guaranís tradición alguna de haber sido pueblo cazador. Por el contrario, los Tupinambá y Tamoyos contaban a Theveth que antes de que su gran Cariaba les enseñara a cultivar mandioca y batata sus antepasados vivían de hojas, brotes y yerbas. Su antigua pureza vegetariana está indicada por una vieja tradición que Rochefort nos ha transmitido, según la cual sus antepasados sólo se alimentaban de yerbas y de frutos de la tierra. Más tarde se apareció a esos pueblos un hombre misterioso venido del cielo, el cual les enseñó el cultivo de la mandioca y otras plantas, sin ninguna alusión a comidas animales. Se desprende de los testimonios de este mismo autor que tales rublos conservaban sus costumbres vegetarianas puras después del descubrimiento de América… constituyendo sus alimentos base, la mandioca, la batata dulce, la banana y el ananás…En la invocación de los Karaives a los muertos, se habla de estos alimentos, sin mencionar carne ni pescado. Este régimen se conservó prácticamente puro en el siglo XVIII, momento en que empezó a alterarse con la presencia europea.
Comían principalmente un pan de mandioca llamado karavi o menú que algunos franceses preferían a su pan habitual. Hacían también un pan de amistan gustoso que los ingleses de las Bermudas no comían otro. Sin embargo, en ciertas zonas agregaban a eso algunos crustáceos y pescado. Tengamos en cuenta que siglo y medio después del descubrimiento el manjar más común en los indígenas de las Antillas (no guaraníes) era un ragut de cangrejos bien limpios, con harina de mandioca, siendo común también en las Guayanas y toda la costa de Brasil.
En las islas parece ser que el ejemplo europeo contribuyó a que añadieran también a su alimentación algún complemento animal. Con todo no comían carne colorada ni huevos. De estos alimentos, los Calinagos sólo comían pescado y habían personas entre ellos que no lo tomaban nunca (Rochefort).
El vegetarianismo, más tarde, dominó siempre en el Este y Sur también. Magalhaes de Gaudavu, el más antiguo historiador del Brasil, nos habla de la dificultad de alimentación de los portugueses en Bahía y Pernambuco. Parece ser que creyeron que lo mejor era una alimentación fuerte: carnes y bastante vino portugués; el resultado fue deplorable, el ejemplo indígena les sirvió, dejaron aquello y se aclimataron.
A medida que los guaraníes fueron avanzando hacia el Sur su uso de carnes aumentó, lo que parece ser debido a la presencia de madres de pueblos cazadores; pero su influencia no fue nunca excesiva y a veces quedó muy limitada.
En Paraguay y sur de Brasil el guaraní fue esencialmente agricultor y si admitió carne sólo fue de manera moderada. Jamás comían animal doméstico ni silvestre amansado, ni animal carnívoro, ni daban carne a las embarazadas ni a los enfermos, además de otras limitaciones de orden moral.
§     De las frutas, abundantísimas, hicieron gran uso en todo tiempo y lugar. Recordemos que a pesar de esta abundancia el conjunto de las demás razas dominadas o vasalladas, a excepción de los Araucos era esencialmente cazador y carnívoro.
En ciertas colectividades había horas habituales para su consumo, siendo la principal de 8 a 10 de la mañana.
No comían pieles, hollejos ni tabiques, ni tragaban las semillas; tampoco ingerían fruta no madura ni madurada artificialmente al aire, dónde moscas y otros insectos las infectasen. Sabían enterrarlas para conservarlas.
Asimismo, diferenciaban las frutas oleaginosas (almendras, nueces…) a las que no consideraban frutas sino comida como la usual y que si podían no mezclaban con aquellas.
De las frutas, la piña fue la predilecta. Una enumeración de todas las frutas que nuestros indios comían sería cosa de nunca acabar. Por citar alguna, el grupo de los araliku que contiene la chirimoya, el de la guayaba con más de cien especies comestibles, el acayú (del que se usaba la pulpa agridulce y la almendra o verdadero fruto para comer y la nuez entera para registro de cuentas), el mango, la papaya…
De las oleaginosas que entraron en fuerte proporción en el vegetarismo guaraní, fueron varias las especies suministradoras a destacar: las palmeras, de las que nos refiere Thevet que 5 ó 6 especies era aprovechadas por una misma tribu (unas daban sus nueces aceitosas y nutritivas y otras su pulpa comestible como fruta); el cocotero, que se daba en el litoral y que fue providencial. También las lecitidias, como  el castaño de Marañón, de semillas como castañas, de gusto similar, los sapukai, la araucaria. La miel fue uno de los alimentos preferidos por el guaraní, siendo también abundantes las especies de abejas que producían miel comestible, e incluso una hormiga en la zona norte.
En el próximo número finalizará este trabajo con nuevas aportaciones sobre la alimentación y otros aspectos de la vida guaraní.
 
(1) Estimula toda la musculatura de brazos, tronco y piernas y el aumento de tórax en capacidad y anchura.
(2) Los guaranís antiguos y modernos y de todas las naciones tenían la costumbre de viajar muy deprisa y casi corriendo. Dice Bertoni que en las subidas si el camino es bueno y la pendiente no es muy fuerte, no disminuyen la rapidez de la marcha, y la posición del cuerpo en ellas no puede ser mejor. El guaraní camina con la cabeza levantada, el cuerpo vertical, los antebrazos en cuanto posible horizontales formando ángulo recto con el brazo, los codos algo echados para atrás y el pecho algo prominente libre de toda presión; levanta bien la pierna a cada paso, procede a pasos rápidos y cortos y por fin apoyando más sobre la punta del pie que sobre el talón imprime al cuerpo un movimiento cadencioso particular muy suave y elástico.
(3) Los hombres también.
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(*) Este articulo fue elaborado por  Fernando Garrido  para la revista  INTEGRAL.
 
 Los guaraníes viven de lo que cultivan. Las fases del crecimiento del maíz, desde que se planta hasta que se recoge, se siguen de forma paralela por un ciclo de ritos mágicos que culminan en una gran fiesta, en la época en que las primeras mazorcas se llevan para su bendición.
No atesoran nada, excepto algunos utensilios religiosos, armas e instrumentos para el uso cotidiano, que constituyen posesiones privadas. Un guaraní nunca pensará en acumular ninguna clase de bienes, pues nadie ganaría prestigio basándose en riquezas materiales.
Los guaraníes creen que cada vida humana está jalonada por estados de crisis, que requieren unos ritos y unas precauciones muy especiales.

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